Al principio pensó que lo que iluminaba la Maglite era una roca. Sus ojos no habituados a la oscuridad tardaron unos segundos en percibir que lo que había en el suelo húmedo de la cueva era un cráneo, del tamaño de un melón, al que casi no le faltaba ningún hueso y que parecía estar mirándolo fijamente.

Se arrodilló junto al objeto recién descubierto e inmediatamente se dispuso a quitarle la tierra y la grava con sus manos enguantadas. Jack sabía de sobra que en el Himalaya había abundantes fósiles. A sólo escasos kilómetros de allí, en las laderas septentrionales del Dhaulagiri, la montaña que ocupa el séptimo lugar entre las más altas del mundo, él había hallado un amonites, un molusco en forma de espiral de ciento cincuenta o doscientos millones de años. El Muktinath era famoso por los fósiles del Jurásico superior que contenía. Al oeste, en el Churen Himal, en el Nepal, y en la cordillera de los Siwalik, en el norte de Pakistán, se habían descubierto abundantes e importantes fósiles de homínidos. Pero era la primera vez que él hallaba restos fósiles de un homínido.

Levantó el cráneo, limpio ya de tierra, y lo examinó detenidamente bajo el haz de luz de la Maglite. Le faltaba el maxilar inferior, pero por lo demás se había conservado en excelente estado; el maxilar superior estaba casi intacto y el hueso occipital y el frontal lo estaban totalmente. Visto de cerca parecía más grande y por un momento pensó que debía de ser de un oso, pero advirtió en seguida que no tenía colmillos. Parecía el cráneo de un homínido y, tras inspeccionarlo unos minutos, se dijo que no lo parecía sino que efectivamente lo era; aunque no tenía ni idea de si lo que tenía frente a él guardaba relación con los fósiles de homínidos que se habían hallado en el Himalaya y ni siquiera estaba seguro de que fuera un fósil.

Pensó en la única persona que podría darle información sobre el cráneo, una mujer que había sido su amante.



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