En las últimas semanas, cuando sonaba el teléfono por la noche, la mayoría de las veces era por algún motivo relacionado con el agravamiento del conflicto que había estallado entre estos dos antiguos enemigos.

El hombre se incorporó, encendió la luz de la mesilla de noche, cogió el auricular y se apoyó en la cabecera tapizada de la cama. Echó una rápida ojeada al reloj, en la ciudad de Washington eran las cuatro y cuarto de la madrugada. Pero sus pensamientos estaban a dieciséis mil kilómetros de allí. Pensó que en el subcontinente indio debía de ser primera hora de la tarde de un día no sólo caluroso sino también caliente a causa de la postura mantenida por los jefes de Estado de la India y de Pakistán y la posibilidad, espantosa de imaginar, de que uno de ellos decidiera que la mejor manera de ganar una guerra no declarada era emprender un ataque nuclear preventivo.

– Perrins -dijo bostezando, aunque estaba totalmente despierto, y es que la cena a la que había asistido en el Sequoia, el yate presidencial, mientras navegaba por las aguas del río Potomac, le había provocado una pesada indigestión.

Escuchó atentamente la voz lúgubre que hablaba desde el otro lado del hilo telefónico por la línea blindada y gruñó unas palabras.

– De acuerdo -dijo-. Dentro de media hora estoy ahí. Colgó el teléfono y soltó un reniego en voz baja. Su mujer estaba despierta y lo miraba con cara de preocupación.

– ¿No habrá…?

– No, gracias a Dios no -la cortó con las piernas bamboleando fuera de la cama-. Al menos no de momento, pero tengo que ir al despacho de todos modos. Un asunto que «requiere urgentemente mi presencia».

Ella se destapó.

– No es preciso que te levantes -le dijo él-. Quédate en cama.

Pero ella se levantó y se puso apresuradamente un albornoz.

– Ya me gustaría, cariño -repuso-. Qué mal me sentó la cena. Me parece que vuelvo a estar en estado. Y avanzado, además. -Se dirigió a la cocina-. Voy a preparar un poco de café.



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