Era testaruda y se había negado una y otra vez a casarse con él, pero era también una famosa doctora en paleoantropología de la Universidad de California, de Berkeley. Él la llamaba simplemente Swift. Tal vez le regalaría lo que acababa de descubrir. A ella aquel cráneo le haría muchísima más ilusión que cualquiera de los souvenirs -una alfombra o un thangka- que él le había prometido llevarle del Nepal.

Casi podía oír el consejo amoral que Didier le hubiera dado.

– Te creo, Didier -dijo Jack en un tono de voz lastimero-. Además, tengo todavía un pequeño problema sin importancia: descender de esta montaña.

Jack volvió a la entrada de la fisura con el cráneo en las manos. Miró dentro de la repleta mochila y decidió que, si se iba a llevar el cráneo, debía dejar algo a cambio. Pero ¿qué? No podía dejar el saco de dormir. Ni el botiquín. Ni los calcetines, ni las raciones de supervivencia que llevaba para consumir en el campamento avanzado, ni la Nikon F4.

Empezó a vaciar la mochila.

Cogió de pronto una botella de whisky de malta Macallan medio vacía. Aparte del hecho de que a él y a Didier les gustaba beber whisky, esta bebida es un tratamiento para la congelación más eficaz que los vasodilatadores como el Ronicol.

La escalada en roca y en hielo en montañas de gran altura es una de las escasas ocasiones en las cuales las propiedades medicinales del alcohol justifican un buen trago. Y en aquel momento se trataba de una emergencia.

Jack se sentó en el suelo de la fisura, descorchó la botella y se dispuso a bebérsela a la salud de su amigo.

DOS

Salud a la trucha arco iris verde…

Robert Lowell


India.

Sonó el teléfono.

Pakistán.

Volvió a sonar el teléfono y el hombre se movió en la cama.



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