Por fin, el tornillo quedó bien firme y Jack pudo desprenderse del peso que sostenía en el brazo. Respiró hondo llenándose los pulmones del aire enrarecido de la montaña, e intentó estabilizar el pulso desbocado que le latía fuerte en las sienes.

Jack no recordaba ninguna escalada tan dura como aquélla. Ni siquiera la ascensión del Annapurna le había parecido tan ardua. Vista de cerca, la cima del Machhapuchhare no tenía aspecto de cola de pez sino que parecía más bien la punta de una lanza que algún guerrero gigante subterráneo hubiera clavado en la tierra hasta atravesarla. No cabía ninguna duda sobre este punto: la escalada en hielo por paredes cortadas a pico seguía siendo el mayor desafío para un alpinista moderno. Y las paredes del Machhapuchhare, de una altura que rivaliza con la de las catedrales góticas y que son tan perpendiculares como las de cualquier rascacielos neoyorquino, eran quizá el reto mayor de todos, la prueba definitiva. Qué temeridad la suya. Pero primero había que concluir la escalada; ya se preocuparía después de las consecuencias que le acarrearía el hecho de que las autoridades descubrieran su hazaña, si es que llegaban a descubrirla.

El martilleo en las sienes disminuyó un poco. En cambio, los oídos le silbaban de un modo extraño. Al principio le pareció que padecía tinnitus, después el silbido se hizo más fuerte, hasta que se convirtió en un rugido, como el ruido de proyectiles de mortero lanzados por un buque de guerra en una bahía lejana; y se preguntó si no estaría sufriendo algún efecto terrible de la altura, un edema pulmonar o incluso una hemorragia cerebral.

Por un momento, fugaz y angustioso, en el que sintió atroces náuseas, Jack oyó cómo los tornillos que lo mantenían sujeto a la pendiente escarpada crujían en el hielo y la montaña temblaba, y cerró los ojos.



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