
Ya es una desgracia, se dijo, que los alpinistas se vean obligados a poner fin a la escalada en Kangchenjunga, a tan sólo escasos metros de la cima, porque no puede profanarse el pico sagrado. Pero que hubiera montañas que estuviera prohibido escalar era aberrante. Uno de los motivos por los cuales uno se aventura a escalar es, ante todo, el deseo de escapar a las normas y a las leyes a las que nos vemos sometidos y que regulan nuestras vidas. Jack estaba muy habituado a oír comentarios sobre la dificultad insuperable de tal o cual montaña, de tal o cual pared. Él había demostrado que la mayoría de las veces se equivocaban. Pero que hubiera una montaña que estuviera prohibido escalar, que un gobierno hubiera prohibido la ascensión de una montaña, eso ya era harina de otro costal. Por lo que al oficial de enlace de Katmandu se refería, ellos seguían en el Annapurna, pues habían sobornado a los sherpas para que guardaran silencio. Nadie iba a decirle a él los lugares que podía escalar y los que no.
Este pensamiento bastó para que Jack clavará el piolet en la pared con redoblada ferocidad provocando una lluvia de astillas de hielo y una rociada de agua que le salpicaron el rostro curtido por la intemperie; hasta que tuvo que parar porque sintió que el peldaño en el que tenía apoyado el pie era inestable. Cuando por fin recobró el equilibrio, tentó con la mano la pared e insertó otro tornillo. Cosa nada fácil cuando se llevan guantes Dachstein.
– ¿Qué tal estás? -le gritó su compañero de escalada, que estaba unos quince metros más abajo.
Jack no contestó. Le dolían los músculos. Se agarró a la pared con una mano al tiempo que con la otra intentaba enroscar un tornillo con los dedos entumecidos por el frío. Si no bajaba pronto de aquella pared, corría el riesgo de quedarse congelado. No había tiempo que perder informando sobre su progreso. O sobre la falta de progreso. Si no llegaban pronto a la cumbre, tendrían graves problemas. Habían gastado una gran cantidad de combustible los días que habían pasado en la tienda montada en la pendiente empinada. Ya sólo les quedaban reservas para un día, o todo lo más dos, y sin combustible no podrían derretir nieve para hacer café.
