
Jack, con el fin de evitar un desprendimiento similar de hielo, había trazado un recorrido por la ladera, pero ahora se hallaba justo debajo de una zona realmente peligrosa: un enorme bloque de hielo duro pegado a la roca tan sólo por una fina capa de escarcha.
Si se desprende, se dijo, estamos acabados. Para desterrar de su mente la amenaza del peligro, halló una distracción: pugnó por recordar el nombre del héroe griego condenado por Zeus a subir eternamente a la cima de una colina una piedra gigantesca sin conseguirlo jamás porque, cuando estaba a punto de llegar a la cima, el peso de la piedra le obligaba a retroceder y ésta se precipitaba al fondo una vez más. ¿Cómo se llamaba?
Justo en el momento en que se preguntaba por el nombre del héroe, de la cima del saliente se desprendió un montón de nieve polvo que, como un espectro, voló hasta reunirse con los restos de una nube que avanzaba por el cielo límpido e inmaculado. Jack sintió que la nieve le salpicaba la cara y le refrescaba como unas gotas de agua de colonia aplicada con un vaporizador. Se pasó la lengua por los labios agrietados que la nieve había refrescado y humedecido, levantó el piolet y se dispuso a tallar otro asidero, para seguir la peligrosa ruta que había trazado mentalmente y que le conduciría hasta un lugar seguro en el que estaría a resguardo de la amenaza del desprendimiento de hielo.
Se detuvo cuando de la cima del picacho cayeron, como si de diminutos y ruidosos lemmings blancos se tratase, cientos de fragmentos de nieve y de hielo; al cesar el aluvión, advirtió que la sangre le martilleaba otra vez en la cabeza.
– Sísifo -murmuró Jack al recordar el nombre del héroe griego, al tiempo que terminaba de cavar el punto de apoyo para la mano-. Se llamaba Sísifo.
