
Una eternidad de segundas oportunidades. Eso es lo que parecía. El bloque de hielo sólo se desprendería una vez. Una vez nada más. El último descenso del hombre. Mortal. Metió un largo de cuerda por el ollado del tornillo y alzó el piolet.
– Cuanto antes salga de este perro sitio, mejor.
Los oídos volvían a jugarle malas pasadas. Esta vez tenía la sensación de haberse quedado sordo. Jack dejó lo que estaba haciendo y repitió la última frase que había pronunciado, pero fue como si hubieran aspirado todos los sonidos. Sintió la vibración de las palabras en su boca pero no oyó nada, como si se hubiera formado un vacío que le impidiera oír cualquier ruido que se produjera en aquel picacho de hielo. Le hacía pensar a uno en la calma total que precede a una tempestad en el mar, y la sensación de que se cernía una amenaza era angustiosa.
Miró hacia abajo y llamó a Didier, pero una vez más su grito se lo tragó el vacío, al tiempo que se mezclaba con un ruido retumbante y prolongado. Un segundo después, la montaña se sacudió de encima miles de toneladas de nieve y de hielo tapando el cielo azul bajo la cascada helada y tenebrosa de un gigantesco alud.
Envuelto por un cúmulo enorme de nieve sofocante y de asfixiante vapor, Jack sintió que era arrojado del altar rocoso de la montaña.
Cayó y cayó durante unos minutos que se le hicieron eternos.
Atrapado en el vientre de la ballena blanca del alud, completamente aislado del mundo exterior, con los sentidos anulados, era incapaz de sentir la velocidad, la aceleración y el peligro, y sólo percibía una fuerza abrumadora y elemental. Era como si el invierno lo tuviera en sus garras. Formando un todo con el frío, al chocar contra el suelo se derretiría y desaparecería. Para siempre.
Casi tan abruptamente como se había desencadenado, la dirección del alud cambió y, al sentir una creciente presión en su cuerpo, Jack, instintivamente, se puso a nadar. Braceaba, movía las piernas y luchaba por subir a una superficie imaginaria.
