Jack, aturdido por las náuseas y a la vez maravillado de haber salido ileso del accidente, se sentó y fue quitándose la nieve y el hielo que se le habían metido por dentro del anorak y de los pantalones, mientras reflexionaba sobre qué debía hacer. Calculó que estaba a unos ciento cincuenta metros del campamento II, que se hallaba al pie de la pendiente escarpada. Habían levantado el campamento, que estaba a cinco mil doscientos metros, justo en el lugar en el que la pendiente sobresalía por encima del glaciar, de modo que cabía una remota posibilidad de que la pared hubiera protegido a los dos sherpas del alud, aunque lo más probable era que se hallaran sepultados bajo la nieve y el hielo a una profundidad mucho mayor de la que estaba él.

Aun así, sabía que no podía iniciar el descenso porque estaba ya a punto de oscurecer. Se había quedado sin radio y el recorrido hasta el campamento estaba demasiado lleno de dificultades para ser emprendido en aquellas condiciones. Además, tenía la mochila llena de reservas y era consciente de que lo mejor que podía hacer era pasar la noche en la fisura y descender en cuanto rayara el alba.

Jack se quitó la mochila y con mucho esfuerzo, pues no había ni un solo músculo del cuerpo que no le doliera, se puso en pie con el objeto de inspeccionar el lugar en el que iba a hospedarse aquella noche, y uno de los larguísimos carámbanos que colgaban del techo abovedado, y que parecían los dientes de un olvidado animal prehistórico hincados en la oscuridad, por poco le atraviesa la cabeza. El carámbano, largo como una jabalina, se rompió y cayó al suelo.

Abrió la mochila y sacó la linterna Maglite.

– Esto no es precisamente el hotel Stein Eriksen -dijo Jack al tiempo que recordó que aquel lugar podría muy bien haber sido su tumba.



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