Después todo quedó quieto, a oscuras y en silencio.


Nada le impedía mover las piernas, pero de cintura para arriba estaba cubierto de nieve. Haciendo un esfuerzo por retroceder, Jack se desplomó en una superficie rocosa. Estuvo varios minutos tendido, inmóvil, aturdido y deslumbrado por la nieve. Descubrió que podía mover los brazos y poco a poco fue quitándose la nieve que le cubría la nariz, la boca, las orejas y los ojos. Miró a su alrededor y advirtió que se hallaba en una especie de fisura: era una grieta grande y horizontal en la pendiente escarpada del glaciar. La nieve bloqueaba la entrada a la fisura, pero Jack dedujo, por la luz que se filtraba por ella, que no estaba a demasiada profundidad.

La cuerda seguía ciñéndole la cintura y atravesaba el montón de nieve que obstruía la salida. Con gran esfuerzo consiguió arrodillarse y tiró fuerte de la cuerda. Pero, aunque podía avanzar a rastras por el suelo, supo que Didier había perdido la vida. Que él siguiera vivo le parecía ya un verdadero milagro.

Tras tirar varias veces frenéticamente de la cuerda, apareció el cabo deshilachado. Se arrastró hasta la boca de la fisura y asomó la cabeza. Una ojeada a la masa de hielo y nieve acumulados en la pendiente que había más abajo confirmó sus peores temores. La avalancha había sido impresionante. Había arrasado la parte inferior del glaciar, desde los seis mil metros hasta el campamento base situado en la cima del riñón, a unos cinco mil metros de altitud. Las probabilidades de que los sherpas que se hallaban en él hubieran sobrevivido eran escasas. Lo más seguro era que hubieran corrido la misma suerte que Didier.

Jack advirtió que el alud, sin saber cómo, lo había arrojado hasta el borde de la fisura. Si hubiera caído desde otro ángulo, el impacto de la dureza del borde inferior hubiera sido mortal. Pero afortunadamente la fisura lo había protegido de la deyección de hielo letal que ahora hacía irreconocible el trayecto realizado desde la pared norte hasta el riñón y el campamento I.



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