
Hasta que no llegó la preocupación por las técnicas directivas japonesas, en los años ochenta, el campo de investigación de Norman no logró un nuevo punto de apoyo en la atención académica. Hacia la misma época, se reconoció que la dependencia que producía el Valium era motivo de grave preocupación, y se volvió a considerar todo el tópico de la terapia farmacológica para combatir la angustia. Mientras tanto, Johnson pasó varios años sintiéndose como si sus actividades carecieran de importancia. (Durante casi tres años no se le había aprobado una sola subvención para sus investigaciones.) De modo que, tanto el nombramiento para la cátedra, como hallar una casa, eran problemas muy reales.
Durante la peor etapa de esta época, a fines de 1979, un solemne abogado joven, que provenía del Consejo Nacional de Seguridad de Washington, fue a ver a Norman. El visitante se sentó con una pierna cruzada sobre la otra y daba nerviosos tironcitos a uno de sus calcetines. Le dijo a Norman que había ido para solicitar su ayuda como psicólogo.
Norman contestó que, si podía hacerlo, le ayudaría.
Sin dejar de tirar del calcetín, el abogado manifestó que deseaba hablarle sobre «una grave cuestión de seguridad nacional, a la que hoy se enfrenta nuestro país».
Cuando Norman le preguntó cuál era ese problema, el abogado le respondió:
– Sencillamente, que este país carece, por completo, de preparación para el caso de que se produzca una invasión de seres extra-terrestres. No la tenemos en ningún terreno.
El hecho de que el abogado fuera joven y que, mientras hablaba, mirara su calcetín con fijeza, hizo que Norman pensara, al principio, que el hombre estaba turbado porque lo habían enviado a cumplir una misión descabellada; pero cuando el abogado levantó la mirada, Norman comprendió, para asombro suyo, que hablaba completamente en serio.
