
– Esta vez nos podría coger con la guardia baja -dijo el abogado-. Me refiero a una invasión extra-terrestre.
Norman tuvo que morderse los labios.
– Es probable que sea cierto -admitió.
– Los del gobierno están preocupados.
– ¿Sí?
– Existe la sensación, en los niveles más altos, de que se deberían trazar planes para una contingencia de ese tipo.
– Usted quiere decir planes para el caso de que se produzca una invasión de seres extra-terrestres…
Norman se las arregló para no reír.
– Quizá «invasión» sea un término demasiado fuerte. Suavicémoslo y hablemos de «contacto». Contacto con seres extra-terrestres.
– Entiendo.
– Usted ya interviene en los equipos que prestan ayuda en los accidentes de aviación civil, doctor Johnson. Sabe cómo funcionan esos grupos de emergencia. Necesitamos de usted para la composición óptima de un equipo destinado a ocuparse de accidentes de aviación que se enfrente con una invasión extra-terrestre.
– Entiendo -dijo Norman mientras se preguntaba cómo podría salir con tacto de esa situación.
Se veía muy claro que la idea era absurda, y Norman sólo podía interpretarla como un desplazamiento: el gobierno, enfrentado a tremendos problemas que no podía resolver, había decidido pensar en alguna otra cosa.
Entonces el abogado tosió, propuso un estudio y nombró una cuantiosa cifra, equivalente a una subvención de dos años para investigaciones.
Norman vio la oportunidad de comprarse la casa, y aceptó.
– Me complace que se halle usted de acuerdo en que el problema es real.
– Ah, sí -dijo Norman.
Se preguntó qué edad tendría aquel chico, y calculó que alrededor de veinticinco años.
