
– No estoy seguro-contestó Norman.
– Bueno, pues ése es el quid de la cuestión, ¿no? ¿Y qué piensa respecto a los puntos vulnerables que puedan tener? Quiero decir si estima que los extra-terrestres son siquiera seres humanos.
– Es cierto. Podrían no serlo.
– A lo mejor son como insectos gigantes. Y nuestros insectos pueden soportar mucha radiación atómica.
– Sí -convino Norman.
– Podríamos ser incapaces de tocar esos seres -planteó el hombre del Pentágono con tono lúgubre; después, se le iluminó el rostro-. Pero dudo de que puedan resistir el impacto directo de un dispositivo nuclear de gran número de megatones. ¿No lo cree usted?
– No -contestó Norman-. No creo que puedan.
– Eso los desintegraría.
– Por supuesto.
– Las leyes de la física…
– Exacto.
– El informe que usted elabore tiene que dejar bien en claro este punto: la vulnerabilidad de los extra-terrestres a un ataque nuclear.
– Sí-dijo Norman.
– No queremos que cunda el pánico -advirtió el hombre del Pentágono-. Sería un disparate hacer que todo el mundo se inquietase. ¿No es cierto? Sé que el JCS se va a tranquilizar cuando se les diga que estos seres son vulnerables a nuestras armas termonucleares.
– Tendré eso presente -prometió Norman.
Después de un tiempo, las reuniones terminaron y lo dejaron tranquilo para escribir su informe. Mientras pasaba revista a las conjeturas que se habían publicado respecto a la vida extra-terrestre, consideró que el general de División del Pentágono no estaba tan equivocado, después de todo: la verdadera cuestión relativa al contacto con seres de otros planetas (si es que había alguna verdadera cuestión) era la referente al pánico. El pánico psicológico. La única experiencia humana importante con seres extra-terrestres había sido la emisión radiofónica hecha por Orson Welles, en 1938, de La guerra de los mundos… y la respuesta humana fue inequívoca: la gente se había aterrorizado.
