Hubo muchas variaciones de este tipo de prueba: en ocasiones, al ascensor se le ponía un cartel que decía: «En reparación.» Unas veces, existía comunicación telefónica con un supuesto mecánico; en otras, no. Hubo casos en que se cayó el techo y las luces se apagaron; en otros, el suelo del ascensor estaba hecho de una resina acrílica transparente.

Un experimento consistía en que se hacía subir a los sujetos a un camión, y un «líder experimentado» los llevaba al desierto. Una vez allí, el líder se quedaba sin combustible y, después, sufría un «ataque cardíaco» y dejaba a todos desamparados.

En la versión más grave, a los sujetos se los hacía viajar en un avión privado y, en pleno vuelo, era el piloto quien sufría un «ataque cardíaco».

A pesar de las quejas tradicionales que se producían a causa de tales pruebas (que eran sádicas, que eran artificiales y que, de alguna manera, los sujetos percibían que las situaciones no eran reales), Johnson adquirió considerable información sobre el estrés que en esos grupos causaba la ansiedad.

Descubrió que las reacciones de miedo eran mínimas cuando se trataba de un grupo pequeño (cinco sujetos, o menos); cuando los miembros se conocían bien entre sí; cuando los integrantes del grupo se podían ver los unos a los otros y no estaban aislados; cuando compartían metas comunes definidas y límites fijos de tiempo; cuando en los grupos había gente de diferentes edades y de ambos sexos; y cuando los integrantes presentaban una personalidad con elevado grado de resistencia fóbica, medida a través de los tests de LAS [



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