[7]] correspondientes a la ansiedad, lo que, a su vez, se relacionaba con la condición atlética.

Con los resultados de estos estudios se elaboraron densas tablas estadísticas, si bien, en esencia, Norman sabía que se había limitado a verificar lo que dictaba el sentido común: si uno quedara atrapado en un ascensor, sería preferible compartir ese problema con unas cuantas personas atléticas y relajadas, a las que uno conociera, y también que las luces se mantuvieran encendidas, y saber que alguien estaba trabajando para librarnos de esa situación. A pesar de ello, se daba cuenta de que los resultados que había obtenido contradecían lo que indicaba la intuición, como ocurría con la composición del grupo. Los integrados sólo por hombres o sólo por mujeres reaccionaban peor al estrés que los grupos mixtos; los conjuntos de personas que tenían más o menos la misma edad se desenvolvían mucho peor que los de gente de diferentes edades. Y quienes actuaban todavía peor eran los grupos preexistentes, los constituidos para el cumplimiento de otro propósito. En un momento dado, Norman había hecho participar a un equipo de baloncesto que luchaba por el campeonato, y ese grupo perdió su control emocional casi apenas comenzada la prueba.

Aunque sus investigaciones eran interesantes, Norman continuaba intranquilo respecto al objetivo subyacente a su trabajo (la invasión extra-terrestre), al que, desde su punto de vista personal, consideraba una conjetura que lindaba con lo absurdo. Norman se sentía turbado por tener que presentar su trabajo; sobre todo después de haberlo reescrito a fin de que pareciese más importante de lo que él sabía que era.

Se sintió aliviado cuando el gobierno de Carter se mostró en desacuerdo con el informe. No fue aprobada ninguna de las recomendaciones que había hecho el doctor Johnson. En el gobierno no estaban de acuerdo con él respecto a que el miedo representara un problema: opinaban que las emociones humanas predominantes serían el asombro y el respeto reverencial.



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