
5. Norman Johnson, psicólogo.
Norman leyó la lista:
– Con excepción de Levine, éste es el equipo FDV civil que propuse originariamente. Hasta los entrevisté y los sometí a pruebas, en aquel entonces.
– Exacto.
– Pero usted mismo dijo que no era probable que hubiese supervivientes. Ni que existiese vida dentro de esa nave espacial.
– Sí -reconoció Barnes-. Pero ¿qué pasaría si estuviese equivocado? -El militar echó un vistazo a su reloj-. A las mil cien horas daré instrucciones a los miembros del equipo. Quiero que venga y me diga qué opina de ellos. Después de todo, obedecimos las recomendaciones que usted hizo en su informe sobre FDV.
«Ustedes obedecieron mis recomendaciones -pensó Norman, con una sensación angustiosa-. ¡Dios mío, si yo sólo lo hacía para pagar una casa!»
– Sabía que usted no desaprovecharía la oportunidad de ver sus ideas puestas en práctica -dijo Barnes-. Esa es la razón de que lo haya incluido como psicólogo del grupo, aunque un hombre más joven sería más apropiado.
– Aprecio eso -manifestó Norman.
– Estaba seguro de que lo haría-dijo Barnes, sonriendo con alegría, y le tendió una mano musculosa-. Bienvenido al equipo FDV, doctor Johnson.
BETH
Un alférez llevó a Norman hasta su camarote, que era pequeño y gris, más parecido a la celda de una prisión que a cualquier otra cosa. La bolsa que había traído estaba sobre la litera; en un rincón se hallaba una consola y un teclado de ordenador y, al lado, un grueso manual con tapas azules.
Se sentó sobre la dura e incómoda cama, y se reclinó contra una tubería de la pared.
– Hola, Norman -dijo una voz suave-. Me alegra ver que te metieron en esto a la fuerza. Todo este asunto es culpa tuya, ¿no?
En el vano de la puerta había una mujer de pie.
Beth Halpern, la zoóloga del equipo, era un paradigma de contrastes: alta y angulosa, de treinta y seis años, se le podía llamar bella, a pesar de sus rasgos fuertes y de las características casi masculinas de su cuerpo.
