«Hasta sus manos se ven fuertes», pensó.

– Tal y como se hallan las cosas, ésa es otra cosa buena -dijo Beth-. Tengo mucha confianza en lo que se avecina. ¿Y con respecto a ti? ¿Crees que te las arreglarás bien?

– ¿Yo? ¿Por qué no habría de hacerlo? -Norman se echó un rápido vistazo a la familiar barriga; Ellen siempre le estaba insistiendo para que hiciera algo al respecto y, de cuando en cuando, él se animaba e iba al gimnasio durante algunos días, pero nunca lograba deshacerse de la panza. En verdad, no le importaba demasiado: tenía cincuenta y tres años y era profesor universitario, ¡qué diablos!, pero en ese instante cayó en la cuenta de lo que había dicho Beth-. ¿Qué quieres decir con eso de que tienes confianza en lo que se avecina? ¿Qué es lo que se avecina?

– Bueno, son sólo rumores por ahora. Pero tu llegada parece confirmarlos.

– ¿Qué rumores?

– Nos envían ahí abajo.

– ¿Dónde es ahí abajo?

– Al fondo del mar. A la nave espacial.

– Pero se encuentra a trescientos metros. La están investigando con robots sumergibles.

– Hoy en día, trescientos metros no representan una profundidad tan grande -dijo Beth-. La tecnología le puede hacer frente. En este mismo instante hay allí buzos de la Armada y, según corre la voz, ellos han montado un habitáculo para que nuestro equipo pueda descender y vivir en el fondo del mar durante una semana, más o menos, y abrir la nave espacial.

Norman experimentó un súbito escalofrío. Cuando trabajaba con la FAA había estado expuesto a toda suerte de horrores. Una vez, en Chicago, en el sitio en el que se había precipitado un avión (cuyos restos estaban diseminados por todo el campo de una finca), había pisado algo esponjoso y lleno de líquido; pensó que era un sapo, pero se trataba de la mano cercenada de un niño, con la palma hacia arriba. En otra ocasión, había visto el cuerpo carbonizado de un hombre, todavía unido a su asiento por el cinturón de seguridad, sólo que el asiento había sido despedido y había caído, con el respaldo deshecho, en el patio trasero de una casa suburbana, al lado de la pequeña piscina de plástico de los niños.



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