
– ¿Aún los comes?
– Ah, Norman -dijo Beth sonriendo-. ¿Todavía relacionas todo con la comida?
– Siempre que es posible -dijo él al tiempo que se daba unas palmadas en el vientre.
– Pues entonces no te va a gustar la comida de este sitio: es terrible. Pero, respondiendo a tu pregunta, he de decirte que no -aclaró ella, haciendo sonar los nudillos-. Nunca podría comer un pulpo, sabiendo lo que sé en la actualidad acerca de ellos…, lo cual me trae algo a la memoria: ¿qué sabes en realidad de Hal Barnes?
– Nada. ¿Por qué?
– Anduve haciendo preguntas, y resulta que Barnes no pertenece a la Armada. Es un ex de la Armada.
– ¿Quieres decir que pasó al retiro?
– Pasó al retiro en mil novecientos ochenta y uno. Primero recibió preparación como ingeniero aeronáutico en el Instituto de Tecnología de California, y después de retirarse trabajó para la «Grumman» durante un tiempo. Luego fue miembro de la Comisión Naval de Ciencias, perteneciente a la Academia Nacional; después, subsecretario adjunto de Defensa, miembro del CAASD, el Consejo para Análisis de la Adquisición de Sistemas de Defensa, y miembro de la Comisión de Ciencias de Defensa, que asesora a los comandantes en jefe de las tres fuerzas y al secretario de Defensa.
– ¿Sobre qué los asesora?
– Sobre adquisición de armas -dijo Beth-. Es un hombre que pertenece al Pentágono y que aconseja al Estado respecto a la compra de armas. Así que…, ¿cómo llegó a estar al frente de este proyecto?
– Ni idea -respondió Norman; sentado en su litera, se quitó cada zapato con el otro pie, y, de pronto, se sintió cansado; Beth estaba apoyada contra el marco de la puerta-. Pareces estar en muy buen estado físico.
