
Enojada, -la verdad sea dicha-, intensamente incómoda ante la idea de pasar varios días en compañía de su antiguo prometido, Antonia sólo podía esperar que él se hubiera visto obligado por las inclemencias del tiempo a retrasar -indefinidamente- su llegada al castillo. Pero dudaba de que fuera así. Lyonshall no sólo poseía los mejores sementales de Inglaterra, sino que también era famoso por su desprecio ante cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino, y si tenía la intención de llegar al castillo, lo haría.
Impedida en su determinación de evitar la situación, Antonia sólo pudo hacer una reverencia y salir airadamente de la habitación con la cabeza en alto.
Lady Ware, ahora a solas en la gran habitación y cómodamente sentada en su silla ante un fuego ardiente, se rió en voz baja. Se las había arreglado para desviar los pensamientos de su nieta de lo que era realmente muy impropio: la asignación de las habitaciones, lo cual había sido su primera intención. Sophia, sin duda, protestaría por el acuerdo, con sus modos nerviosos, pero Lady Ware estaba totalmente confiada en poder manejarla.
Y puesto que el "grupo de invitados" consistía de sólo el duque, Antonia y su madre, y la propia condesa, no habría nadie para contar cuentos de lo que pasara aquí de regreso a Londres.
Lady Ware se felicitó. Siempre y cuando Lyonshall llegara al castillo, su plan debería funcionar bastante bien, pensó. El tiempo serviría para explicar por qué la fiesta en su casa no era más grande, ya que el castillo, situado en las montañas de Gales del norte, había visto un clima glacial durante cada Navidad desde hace décadas. Lady Ware había tomado en cuenta ese factor en su plan cuidadosamente diseñado. Sólo se había sentido dudosa de su capacidad de lograr que Lyonshall viniera aquí. Habitualmente, él pasaba las fiestas en su propia residencia campestre, y era notoriamente reacio a responder favorablemente a una invitación de quien, aunque en menor grado, disponía de un poder social considerable.
