
Lady Ware le ofreció una sonrisa helada.
– Dado que ha sido recientemente renovada, después de haber sido cerrada desde hace cincuenta años, el ala sur es la parte más cómoda del castillo, Antonia, con apartamentos mucho más grandes que el resto, incluso que mis propias habitaciones. ¿Te estás quejando por tu alojamiento?
Por primera vez, Antonia tuvo la incómoda sospecha de que su abuela, célebre tanto por sus ladinas maquinaciones como por sus desastrosas gracias sociales, tenía un motivo ulterior, cuando había organizado este pequeño grupo de invitados. ¡Pero era absurdo! ¿Qué podía esperar lograr?
Ignorando la pregunta, Antonia dijo: -Abuela, confío en que entienda que la mera idea de… de alguna forma de reconciliación con Lyonshall es muy desagradable para mí. Si usted tiene esa idea en la cabeza…
Lady Ware dejó escapar un sonido que, en cualquier persona menos digna, habría sido definido como un bufido.
– No seas absurda, Antonia. ¿Supones que yo por un momento creo que Lyonshall sería capaz de darte una segunda oportunidad después de tu vergonzosa conducta? Ningún hombre con su orgullo y educación podría considerar tal cosa.
Antonia había enrojecido vivamente, y luego se había puesto pálida ante las aplastantes observaciones, y sus labios estaban apretados cuando se encontró con esa mirada de lince.
– Muy bien, entonces. Esta es su casa, y es usted quien decide donde dormirán sus invitados. Sin embargo, abuela, a riesgo de ofenderla una vez más, debo pedir que me traigan el carruaje, voy a regresar a Londres de inmediato.
La expresión de Lady Ware fue una de leve sorpresa.
– Parece que nos has mirado hacia afuera en la última hora, hija. Empezó a caer aguanieve y a nevar desde entonces; difícilmente podrías partir a Londres con un tiempo como éste. De hecho, sólo puedo esperar que Lyonshall no se haya visto obligado a hospedarse en alguna modesta posada en su viaje hasta aquí.
