– Oh, no hace tanto frío aquí -dijo ella, viendo como Plimpton continuaba desempacando sus baúles-. Y puedes colgar los vestidos de seda en el fondo del armario, porque ciertamente no los usaré. Hace demasiado frío para vestidos de noche escotados.

Plimpton miró directamente a su señora con sus ojos astutos.

– Lady Ware exige que sus invitados se vistan por las noches.

Antonia alzó la barbilla.

– Tengo los dos vestidos de terciopelo, y el merino…

– De cuello alto y poco elegante, milady, y ¡bien lo sabe! Incluso Lady Ware no es tan rigurosa en cualquier caso. ¡Es del duque que quiere esconderse, no de la condesa o del frío!

Antonia fue a su tocador y se ocupó del ya exquisito arreglo de su cabello de fuego, evitando obstinadamente los ojos de su doncella en el espejo.

– Estás diciendo tonterías, y lo sabes. Me he encontrado en compañía de Lyonshall un sinnúmero de veces, y tengo plena confianza en seguir haciéndolo en el futuro.

Plimpton se quedó en silencio por unos momentos mientras continuaba desempacando los baúles de Antonia, pero pronto se hizo evidente que no tenía intención de dejar el tema. Con casual inocencia dijo:

– Debe haber una docena de alcobas en esta planta, y ocupada sólo dos de ellas. Y esta ala tan lejos del resto de la casa. Curioso cómo Lady Ware la puso a usted y al duque tan lejos de los demás. Solos.

Antonia fue consciente de otra punzada de incertidumbre, pero la echó decididamente a un lado. Como su abuela había indicado con tanta precisión, sólo una tonta podría tener la más remota esperanza de gozar de una segunda oportunidad de poner a Lyonshall en el mercado del matrimonio, cuando la dama en cuestión le había dado calabazas tan vergonzosamente… y Dorothea Wingate no era tonta.

Antonia respondió con serenidad: -Lyonshall tendrá su ayuda de cámara, y yo te tendré a ti, por lo tanto, no estaremos solos…



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