
La mera posibilidad de estar encerrada en el castillo, sin importar lo grande que fuera, con el duque durante semanas, provocó que la recorriera un escalofrío de nervioso pavor. Era al menos soportable encontrarlo socialmente en breves intervalos, cuando era capaz de mantener su máscara fríamente agradable sin esfuerzo, pero dudaba de su capacidad para sostener la ficción por un período de días, mucho menos semanas. Lo dudaba mucho.
Tarde o temprano, se traicionaría. Tarde o temprano, Richard Allerton, el duque de Lyonshall, se daría cuenta de que la mujer que lo había dejado todavía estaba locamente enamorada de él.
Dorothea Wingate, condesa de Ware, mantenía todo el personal del Castillo Wingate, a pesar de que era la única ocupante la mayor parte del año. Otros residentes con propiedades tan apartadas e inconvenientes como la de ella se preguntaban cómo demonios se las arreglaba para mantener a los criados, sobre todo porque la suya tendía a ser una vida tranquila, con pocos visitantes y menos eventos sociales. Pero la verdad era que Lady Ware le pagaba muy bien a la gente. El mayordomo, cuatro lacayos, seis criadas, tres ayudantes de cocina, y la cocinera, así como numerosos jardineros y encargados de los establos, eran compensados con creces por los inconvenientes de servir en el castillo.
La condesa rara vez visitaba Londres, su más reciente viaje había sido dos años antes, cuando se había anunciado el compromiso de Antonia. Había regresado a Wingate varios meses más tarde, cuando el compromiso se terminó, y después que Antonia se había negado a discutir la situación con nadie. El escándalo, obviamente, la había angustiado, pues Antonia sabía que su abuela había tenido su corazón puesto en ese matrimonio.
Su hijo mayor, el actual conde de Ware, era un solterón dedicado, que pasaba su tiempo en Londres y en otra de sus propiedades fuera de la ciudad, y no estaba muy preocupado por la continuación de su línea familiar, con toda probabilidad, el título perecería con él. La familia se había reducido en los últimos años, y desde que el hijo menor de la condesa, el padre de Antonia, murió sin dejar descendencia masculina, sólo quedaba Antonia para continuar la línea familiar, si bien no el nombre de la familia en sí. Y puesto que el castillo no era vinculante, lo más probable es que se lo dejara a Antonia.
