Pandora debería haber recordado su primera impresión sobre Ran, la de un hombre que siempre se salía con la suya. Viendo que la había pillado en un farol, le detuvo cuando se dirigía a la puerta.

– ¡No!

Ran se volvió sin soltar el picaporte, las cejas arqueadas.

– Muy bien, lo siento -dijo ella, tragándose el orgullo-. Haré lo que tú quieras.

– Así está mejor. No sé a qué viene tanto jaleo.

– ¡A que es una locura! -dijo ella, gesticulando hacia sus vaqueros deshilachados y la rebeca rota-. Has sido tú quien ha dicho que soy un desastre. Nadie se creerá que soy tu mujer.

– Lo harán si te arreglas un poquito -dijo él, mientras la observaba con ojo crítico y le ponía las manos sobre los hombros-. Eres una chica bonita, ahora que me fijo bien. En realidad, podrías ser guapa si pusieras algo de tu parte.

Pandora sintió que una oleada de calor la consumía. Era agudamente consciente de su mirada, de las manos que él le había puesto en los hombros. Sus manos eran morenas y fuertes y hacían que todo su cuerpo vibrara, como si su contacto se propagara en una onda expansiva que afectaba a sus clavículas, a su espina dorsal, a las rodillas y a los pies. Tragó saliva y contempló su mentón, incapaz de mirarlo a los ojos, temerosa de mirarlo a la boca.

Hasta entonces, Ran había sido un problema, una fuente de desesperación y preocupaciones desesperadas. Ahora, de pronto, era un hombre desconcertantemente atractivo, un hombre con quien tendría que dormir en unos cuantos días.

– Myra y Elaine no pensarán que hay algo raro en que seas mi esposa si te pones un vestido decente para variar.

Insensible a su perturbación, Ran continuó el mismo tono impersonal. Para alivio de Pandora, retiró las manos de sus hombros.

– Debes tener algo más elegante que esto que llevas.



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