– De acuerdo, de acuerdo -dijo Pandora, levantándose al fin-. He captado la idea. Pero quiero dejar claro que mi papel de esposa acaba en la puerta del dormitorio.

Ran le lanzó una mirada lánguida y sombría sin levantarse de la silla.

– Entonces, ¿lo harás?

– No veo que me quede otra alternativa, ¿o sí? -respondió ella amargamente-. Sabes perfectamente que jamás podré reunir treinta mil libras y no puedo pedirle a John y a Celia que paguen.

– ¿Por qué no? Después de todo, fue su perro el que rompió el jarrón.

Pandora puso la mano sobre la cabeza de Homer en un gesto protector.

– Sí, pero lo han dejado a mi cargo, ésa era la idea. Quería ver si podía abrirme camino con la cerámica, pero no tenía sitio donde trabajar, de modo que Celia sugirió que me trasladara aquí y usara su estudio mientras ellos están fuera como retribución por cuidar de Homer. Fue ella la primera que despertó mi interés la alfarería, siempre me ha apoyado. Si no hubiera sido por ella nunca habría llegado tan lejos. No podría agradecérselo haciéndola cargar con una deuda tan grande.

– Eso tendrías que haberlo pensado antes de soltar al chucho -dijo Ran sin la menor compasión.

– Y tú tendrías que haber pensado en que podría haber perros sueltos antes de dejar la puerta abierta y un jarrón de treinta mil libras en un equilibrio precario sobre un suelo de piedra.

Había provocado a Pandora para que le replicara y le sostuvo la mirada con ojos desafiantes.

– Creía que me estarías agradecida por dejarte una salida tan sencilla -le recordó él ominosamente.

Pandora se apartó el pelo de la cara, sus ojos violetas brillaron retadores.

– Si a dormir con un perfecto extraño le llamas «salida sencilla»…

Ran se levantó.

– Puedes pagarme las treinta mil libras, si lo prefieres -dijo con indiferencia-. Siempre puedo contratar a una actriz profesional para esto.



13 из 134