
Podía sentir el baño de arcilla líquida resbalar por el dorso de su mano y se lo quitó. Si aquello era un sueño, se trataba de uno extremadamente real.
– Pero creía que habías dicho…
– He dicho que necesitaba una esposa -dijo él irritado-. No que quisiera casarme con alguien y menos contigo.
– Lo siento, no tengo la más remota idea de lo que pretendes -confesó ella-. Me dices que quieres que me case contigo y, al momento siguiente, dices que no.
– Escucha, es una cosa sencilla -dijo Ran, obviamente exasperado con su torpeza-. Necesito que finjas que eres mi esposa por una noche, nada más.
– ¡Oh! ¿Eso es todo? -dijo ella sin molestarse en disimular su sarcasmo-. ¡Qué tonta he sido al no imaginármelo enseguida!
Tiró el trapo sobre el torno, echó la silla hacia atrás y lanzó una mirada furiosa hacia aquella figura amenazante.
– ¿Es demasiado pedir que me expliques por qué, o se supone que eso también tendría que resultar obvio?
Ran dejó de caminar de un lado para otro, como si aquel ataque le sorprendiera. Sus cejas oscuras se fruncieron más aún y Pandora se asustó recordando que deberle treinta mil libras a un hombre no la colocaba en posición de mostrarse sarcástica con él. Por un instante tenso, él la miró furibundo, entonces, para su inmenso alivio, Ran dejó escapar el aliento y puso una silla frente a ella.
– Muy bien.
Su voz era impaciente mientras se sentaba y ponía las manos sobre la mesa. Se contempló un momento los dedos, tomándose su tiempo para ordenar sus pensamientos. Pandora lo observaba nerviosa. La única vez que se habían encontrado antes, todo había salido tan horriblemente mal que sólo le recordaba como un hombre con un poder frío y controlado, de glaciales ojos grises y un temperamento formidable. Ahora lo miró, viéndolo como la primera vez.
