La chica de la oficina de correos le había contado que él llevaba años trabajando en África. Los efectos del sol eran visibles en su piel morena y curtida y en las arrugas en torno a los ojos. Tenía el pelo castaño oscuro y una expresión reservada que parecía corriente hasta que se reparaba en la determinación de su mandíbula y en la curva misteriosa de su boca.

– Sabes que he heredado Kendrick Hall de mi tío, ¿no?

Ran alzó la mirada de repente y la descubrió observándolo. Sus ojos eran de un gris vigilante y frío. Pandora se sonrojó bajo aquella mirada incisiva en incómoda. Apartó los ojos y asintió.

– He oído que querías venderlo.

Otra información que había recogido sobre su desagradable vecino nuevo en la oficina de correos. Ran dejó escapar una risa breve y carente de humor.

– ¡Ojalá pudiera! Por desgracia, la propiedad está vinculada a mí como único heredero varón de mi tío, lo que significa que tendría que correr con un enorme gasto legal para venderla.

– Entonces, ¿por qué no quieres vivir aquí? Es un sitio encantador.

Pandora pensaba que la mayoría de la gente se alegraría de tener una hermosa mansión antigua en el paisaje virgen de Northumbria.

– Puede que sea encantador, pero no resulta muy conveniente cuando trabajas en África Oriental -dijo él ásperamente.

– ¿Y no podrías trabajar aquí?

No estaba muy segura de por qué tenía que hablar de su trabajo, pero al menos era mejor que discutir sobre la suma astronómica que le debía o sobre la estrafalaria propuesta que le había hecho.

– Imposible. Soy asesor en gestión de suelo para el gobierno de Mandibia, con el encargo especial de organizar un ministerio completamente nuevo para tratar los problemas que la agricultura tiene allí. Mandibia posee el potencial para ser un gran país, están invirtiendo mucho dinero y esperanzas en el nuevo ministerio. Tengo un permiso de dos meses para solucionar mis asuntos aquí, pero, sinceramente, preferiría estar dedicándome a mi trabajo antes que cuidar de una vieja casa que ni siquiera deseo.



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