
– ¿Vamos, por qué tardan tanto? Es un negocio simple. Lo único que necesito es verles bien la cara, sólo para confirmar, y esta historia estará en la primera página de todos los periódicos.
El olor a salitre la rodeaba. La humedad, esa nube constante que parecía colgar sobre la ciudad de Seattle en invierno, avanzaba tierra adentro desde el estrecho. Perrie movió los pies y se frotó las manos, tratando de calentarse los dedos congelados. Si tenía que esperar mucho más, tal vez empezara a enmohecerse, junto con todo lo demás en aquel barrio de mala muerte.
Debería estar acostumbrada ya a aquel clima. Seattle había sido su hogar desde hacía diez años. Había ido hacia el oeste desde la universidad de Chicago para ocupar un puesto en el Seatle Star. Había empezado escribiendo necrológicas, y después subido de categoría para ocupar un puesto en la sección Lifestyles. Cuando se veía casi condenada a escribir sobre temas insustanciales, la sección del periódico que editaba las noticias locales había ofertado un puesto de escritor en plantilla. Perrie le había rogado a Milt Freeman, el editor de la sección, que se lo diera a ella para darle una oportunidad con las noticias importantes, aunque llevara tres años escribiendo artículos de cocina y jardinería. Después de una semana de constantes peticiones y de una caja de su whisky escocés favorito, él había cedido y finalmente le había dado el puesto.
Milt le había dicho más tarde que había sido su tenacidad lo que lo había convencido, no el whisky; la misma tenacidad que había utilizado para convertirse en la periodista más importante de la sección de investigación del Star. Y en ese momento, la misma determinación y obstinación de la que estaba echando mano. Un buen reportero anhelaría un baño caliente y una cama calentita más o menos en esos momentos. Pero Perrie se tenía por una excelente reportera, y estaba precisamente donde quería estar. Justo en medio de todo aquel tinglado.
