– ¿Puede ponerse de pie?

Ella asintió y él la ayudó a hacerlo mientras seguía sujetándole la máscara de oxígeno a la cara. Ella le echó el brazo por los hombros para apoyarse, y él tiró de ella hasta el avión.

– Le debo la vida -dijo la mujer sin aliento mientras colocaba un pie delante del otro.

Joe sonrió para sus adentros, mientras en su mente anticipaba la reacción que recibiría de vuelta en el refugio. Tanto Hawk como Tanner se habían maravillado de su talento particular con las mujeres. Para sorpresa de sus dos compañeros, siempre conseguía rodearse de las mujeres más bonitas de Alaska. Y en ese momento había vuelto a hacerlo, encontrando a una bonita rubia en un corte del Glaciar Kahiltna.

– Ha sido un placer -dijo él-. Mi misión en la vida es rescatar a damas en apuros.

Ella se detuvo para respirar hondo y lo miró.

– No sé cómo podré pagarle lo que ha hecho por mí.

Joe sonrió. Era un hombre afortunado en más de una cosa.

– ¿Qué tal una cena? Quiero decir, después de que haya tenido oportunidad de calentarse. Conozco un sitio pequeño y agradable en Talkeetna donde preparan muy bien la pasta.


Perrie Kincaid se subió el cuello de la cazadora y maldijo entre dientes por la llovizna fría e implacable que no dejaba de caer. Miró alrededor en la calle vacía desde su escondite entre las sombras de un edificio desierto, antes de fijarse de nuevo en el Mercedes negro que estaba aparcado junto a los muelles de carga. Una bombilla desnuda se balanceaba movida por la brisa cargada de salitre, iluminando con una luz temblorosa y fantasmal la abollada puerta de acero del almacén de ladrillos abandonado.

En el interior del coche el brillo del cigarrillo iluminó el perfil del conductor. Mad Dog Scanlon.

Llevaba tanto tiempo siguiendo al jefe de Mad Dog, que a Perrie le parecía como si fueran viejos amigos ya. Miró su reloj de pulsera, aspiró hondo y maldijo de nuevo.



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