
Al oír que se abría la puerta de un coche, Perrie centró de nuevo su atención en el Mercedes, de donde vio salir a Mad Dog. Le temblaban las manos, pero agarró la cámara que le colgaba del cuello y en silencio rogó que no se hubiera atascado alguna pieza en las dos horas que llevaba de pie bajo la lluvia. Retiró la tapa de la lente, se llevó la cámara al ojo y enfocó la puerta.
Momentos después dos figuras emergieron del edificio, flanqueadas por un par de corpulentos guardaespaldas de Tony. Perrie sonrió para sus adentros al reconocer a Tony y al jefe de la oficina del congresista en el visor de la cámara. Tranquilamente volvió a enfocar y deslizó el dedo hacia el obturador. Pero cuando estaba a punto de hacer su primera fotografía, el ruido de un móvil interrumpió el silencio de la noche.
Asustada, Perrie se asomó por encima de la cámara, preguntándose quién podría estar llamando a Riordan a las dos de la madrugada. Pero cuando el teléfono sonó de nuevo, se dio cuenta de que el grupo del muelle de carga miraba en su dirección. ¡El sonido provenía del bolsillo de su abrigo! En un instante, los dos tipos del muelle sacaron sus pistolas y la situación se descontroló totalmente.
Perrie tiró la cámara y metió la mano torpemente en el bolsillo para sacar el teléfono, al tiempo que la primera bala le silbaba sobre la cabeza y rebotaba contra el edificio que tenía detrás. Se escondió más entre las sombras y abrió el teléfono, mientras otra bala le pasaba muy cerca.
– ¿Perrie? ¿Perrie, eres tú?
