
– Mamá, ahora mismo no puedo hablar. Te llamo luego.
Agachó la cabeza al tiempo que otro tiro daba contra el muro de ladrillo.
– Perrie, sólo me llevará un minuto decírtelo.
– Mamá, son las dos de la madrugada.
– Cariño, sé que no duermes mucho y pensé que estarías despierta de todos modos. Sólo quería decirte que el hijo de la señora Wilke viene a casa de visita. Es dentista, sabes, y está soltero. Creo que sería agradable si… ¿Perrie? ¿Eso que he oído es un tiro de bala?
Perrie maldijo entre dientes y empezó a avanzar despacio a lo largo de un muro.
– ¡Mamá, ahora no puedo hablar! Te llamaré dentro de unos minutos -cortó la comunicación y llamó a la policía con manos temblorosas.
Cuando la operadora contestó, le dio rápidamente su nombre y su localización. Desde donde estaba en ese momento, acurrucada en la oscuridad, parecía como si estuviera en medio de una guerra entre bandas. Los disparos procedían ya de ambas direcciones, y parecía que ella estaba justo en medio.
¿Estaría la policía ya allí? ¿O acaso había otra pieza de aquel rompecabezas que ella desconocía? Se adelantó un poco y se arriesgó a echar una mirada al tumulto al otro lado de la calle. Los hombres de Riordan seguían disparándole, pero otros los disparaban también a ellos. La pieza que le faltaba del rompecabezas iba muy armada con rifles semiautomáticos, al menos eso lo tenía claro.
– Señora, por favor, no se retire. ¿El tiroteo continúa?
– ¡Sí, continúa! -gritó Perrie-. ¿Es que no lo oye? -se retiró el teléfono de la oreja para que la operadora saboreara unos momentos del conflicto.
– Mantenga la calma, señora -dijo la mujer.
– Tengo que ir a por la cámara -dijo Perrie, que en ese momento pensó que aquél era el único pensamiento normal que había tenido desde que había empezado el tiroteo.
– Señora, quédese donde está. Tendrá un coche ahí en un par de minutos.
– Necesito mi cámara.
