
– Ni una manada de caballos salvajes podría apartarme de esta historia -murmuró mientras en la distancia se oía el ruido de las sirenas.
La siguiente media hora pasó en un torbellino de parpadeantes luces rojas y personal sanitario que no dejaba de ir de un lado a otro. La habían metido en una ambulancia y le habían vendado el brazo, pero ella se negaba a que la llevaran al hospital, y había elegido quedarse allí justo a observar el desarrollo de la escena delante del almacén y a los detectives que interrogaban para recoger pruebas del tiroteo.
– ¡Perrie!
Volvió la cabeza y vio a Milt Freeman, que iba hacia ella con expresión furiosa. Ignorando a Freeman, ella le dio la espalda al detective y continuó con su propio interrogatorio.
– Maldita sea, Kincaid, ¿qué diablos ha ocurrido aquí?
– Estoy segura de que ya lo sabes todo -dijo Perrie.
El detective levantó la vista cuando Milt agarró del brazo a Perrie. Ella hizo una mueca de dolor, y su jefe la miró con expresión ceñuda.
– Llévela al hospital -le aconsejó el detective-. Y quítemela de encima. Le han dado un tiro en el brazo.
– ¿Cómo? -chillo Milt.
– Estoy bien -insistió Perrie mientras centraba su atención en el detective-. ¿Por qué no me deja que le eche un vistazo a esa billetera?
El detective le echó a Milt un a mirada exasperada antes de alejarse sacudiendo la cabeza.
– Ya está -dijo Milt mientras tiraba de ella hacia la ambulancia-. Hace dos semanas te estropearon los frenos del coche, la semana pasada entraron en tu apartamento, y ahora te encuentro esquivando balazos en medio de una guerra de mafiosos. Quiero que te marches de Seattle. Esta misma noche.
– Sí, claro. ¿Y adónde voy a ir? -le preguntó Perrie.
– A Alaska -dijo Milt mientras la empujaba para que se sentara sobre el ancho parachoques de una ambulancia.
– ¿A Alaska? -dijo Perrie en tono chillón-. No voy a ir a Alaska.
– Sí que irás -respondió Milt-. Y no quiero que me des la lata. Esta noche te han pegado un tiro y te estás comportando como si fuera un día cualquiera en la oficina.
