
– No está tan mal -comentó Tanner mientras asimilaba el mal estado de la habitación-. En cuanto arreglemos el tejado y limpiemos un poco, estaremos bien.
– Bien para los mapaches y otros animales salvajes -contestó Joe-. Apenas tenemos un techo que nos cubra, O'Neill. Y te olvidas de que las noches aquí son mucho más frías que en Seatle.
– Vamos, Brennan, ¿dónde están tus ganas de aventura? -se burló Tanner-. Sí, vamos a pasar un tiempo un poco incómodos… Aguántalo y sé un hombre.
Joe negó con la cabeza.
– Supongo que siempre podría dormir en la cabina del avión.
– O bajo las estrellas -dijo Hawk, distraído mientras contemplaba el hogar y se asomaba por el tiro de la chimenea-. Ardillas -fue su único comentario.
Joe consideró la sugerencia de su amigo. Para Hawk dormir al aire libre no era tan duro. En realidad, Joe sospechaba que a Hawk no le importaría vivir en esas condiciones primitivas. Hawk ya no tendría que salir de casa para disfrutar de la naturaleza, como había hecho en Seattle; donde a veces había desaparecido durante dos o tres semanas sin decir palabra. Su amigo siempre estaba dispuesto a lanzarse a la aventura, y cuanto más desafiantes e inesperadas fueran, mejor.
Tras la inspección visual, Tanner se volvió hacia sus amigos.
– Sé que esto no es lo que esperabais -dijo-. Y supongo que si alguno de vosotros quiere echarse atrás, ahora es el momento -hizo una pausa mientras colocaba las manos en jarras-. Pero antes de que toméis una decisión, quiero que sepáis que estoy empeñado en que esto funcione; con o sin vosotros.
Todos permanecieron unos minutos en silencio; entonces Hawk se encogió de hombros.
– Yo no me retiro.
Miró a Joe con un desafío claro en su mirada. Un buen amigo se quedaría a su lado, y los tres eran los mejores amigos del mundo. Y llegado ese momento, a Joe no le quedaba mucho en Seattle salvo varias mujeres decepcionadas y un almacén donde tenía guardadas todas sus cosas.
