
Joe se pasó la mano por la cabeza. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? Un solo vistazo al pequeño pueblecito de Muleshoe era suficiente para ver que en aquel lugar perdido de Alaska no había demasiada vida social. No era que no pudiera vivir sin las mujeres, pero sí que tenía ciertas necesidades.
– ¿Qué va a ser, Brennan? ¿Te quedas o te marchas?
Joe se volvió hacia Tanner.
– Estoy imaginándonos dentro de cincuenta años. Tres solterones desdentados recordando los viejos tiempos en Seattle; pensando en la última vez que habíamos visto a una mujer bonita.
– En Alaska hay mujeres preciosas -dijo Tanner-. Sólo están desperdigadas por un área geográfica muy grande. Tiene uno que salir a buscarlas.
Joe le echó una última mirada al refugio antes de hacer una mueca de pesar.
– Debo de estar loco. Pero si vosotros os quedáis, yo también.
Tanner le dio una palmada en la espalda y se echó a reír.
– Sabía que no te resistirías. Desde que te conozco, jamás has dejado de lado un desafío.
– Pues esta vez me gustaría ser más cretino -dijo Joe mientras negaba con la cabeza
Estiró el brazo con la mano mirando hacia arriba; Tanner colocó la suya encima y lo mismo hizo Hawk.
– Por los chicos del Refugio de Bachelor Creek -dijo Tanner.
– Por Bachelor Creek -repitió Hawk.
– Creo que nos hemos vuelto todos locos -dijo Joe, preguntándose por qué siempre acababa en situaciones imposibles.
No estaba seguro de si era o no una particularidad de su carácter, pero allí en las tierras salvajes de Alaska, con un futuro de desafíos por delante, sabía que no le costaría mucho averiguarlo.
