Localizó un pequeño claro de nieve hacia el norte y lo fijó en su mente. Si las cosas se ponían feas podría dejar allí el Cub; aterrizaría cuesta arriba para aminorar la velocidad del avión y después daría la vuelta para despegar cuesta abajo. Una corriente de aire que golpeó en ese momento la ladera de piedra vertical zarandeó el avión, y Joe maldijo entre dientes.

– Un ascenso en solitario en pleno invierno en Alaska -murmuró entre dientes-. Muy buena idea, sí señorita. ¿Por qué no tirarse por un precipicio y terminar antes?

Lo cierto era que entendía perfectamente la pasión de la alpinista por enfrentarse a un nuevo reto. Desde que él había empezado a volar por esa zona, había aceptado un trabajo peligroso tras otro, siempre al corriente de sus limitaciones, pero nunca temeroso de ir un poco más allá. Había aterrizado sobre glaciares y bancos de arena, sobre lagos y pistas de aterrizaje en condiciones muy variadas, y con un tiempo no apto para volar. Y le encantaba.

Retiró otro pedazo de hielo del parabrisas.

– Vamos, cariño. Enséñame dónde estás. Señálame el camino.

Se retiró las gafas de sol sobre la cabeza y miró a su alrededor. Aunque estaba ligeramente al oeste de la ruta que normalmente tomaba, sabía que un alpinista podría marearse perfectamente por culpa de la altitud o del agotamiento.

Un paso mal dado era lo único que hacía falta para que sobreviniera la hipoxia, adormeciendo los sentidos hasta que se empezaban a congelar los miembros y llegaba la hipotermia. Un ascenso en solitario era sinónimo de problemas. En poco tiempo un alpinista acabaría sentándose en la nieve, incapaz de moverse, de pensar. Entonces o bien la muerte o bien uno de los pilotos del Denali aparecía, arrancando a los alpinistas medio congelados de las laderas de la montaña y devolviéndoles a la vida.

Nubes finas como tiras de algodón rodearon el avión unos momentos, y Joe retiró la escarcha del parabrisas.



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