No había puerta de comunicación con la casa, ni la menor señal de que hubiese existido alguna. La tabla de chilla que formaba la pared de la casa continuaba ininterrumpidamente, formando la cuarta pared del cobertizo.

Aquello era increíble, se dijo Lewis para sus adentros… que no hubiese puerta y que Wallace viviese allí, en aquel anexo, teniendo una casa para habitar. Como si tuviese alguna razón para no ocupar la casa, pero debiera permanecer a su lado. O acaso cumpliese alguna especie de penitencia, viviendo en aquel cobertizo, como un anacoreta medieval pudiera haber vivido en una choza en medio del bosque o en una cueva del desierto.

Se detuvo en el centro del cobertizo y miró a su alrededor, con la esperanza de hallar la clave de aquel hecho tan extraño. Pero no encontró nada, salvo las desnudas y escuetas verdades de la vida, las necesidades más primarias de la existencia: la estufa para cocinar los alimentos y calentar la habitación, la cama para dormir, la mesa para comer y el quinqué para iluminarse. Ni siquiera un sombrero de más (aunque pensándolo bien, Wallace no gastaba sombrero) ni un abrigo de sobra.

No había tampoco la menor señal de revistas o periódicos, a pesar de que Wallace nunca regresaba del buzón con las manos vacías. Estaba suscrito al Times de Nueva York, al Wall Street Journal, al Chiristian, Science Monitor y al Star, de Whasington, así como a numerosas publicaciones científicas y técnicas. Pero allí no había la menor traza de ellas, como tampoco de los numerosos libros que compraba. Tampoco había señal de los diarios encuadernados. Nada que sirviera para escribir.

Tal vez aquel anexo, pensó Lewis, por la razón que fuese, no era más que un engaño, o un lugar preparado cuidadosamente para hacer creer que era allí donde Wallace vivía. Quizá viviese en la casa, en resumidas cuentas. Aunque de ser éste el caso, ¿a qué venía todo aquel esfuerzo, no muy conseguido, por demostrar lo contrario?



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