Su forma era rectangular; larga, estrecha y alta, con anticuados adornos de marquetería a lo largo de cornisas y aleros. Poseía cierto aspecto escuálido que nada tenía que ver con la edad; ya era escuálida cuando la construyeron… escuálida, sencilla pero fuerte, como las gentes que la levantaron. Mas por escuálida que fuese, se alzaba pulcra y atildada, sin desconchados, sin señales de inclemencias atmosféricas ni el menor atisbo de decadencia.

Adosada a un extremo, la casa tenía una construcción más pequeña, que no pasaba de ser un cobertizo y parecía una obra extraña que hubiesen traído de otro lugar para empotrarla allí, tapando la puerta lateral de la casa. Tal vez fuese la puerta, pensó Lewis, que conducía a la cocina. Era indudable que aquel cobertizo se había utilizado como lugar para colgar ropas de faena y guardar zuecos y botas, con un banco para jarras de leche y cubos, y tal vez un cesto para recoger huevos. Por su techumbre surgía un metro de tubo de estufa.

Lewis subió hasta la casa, rodeó el cobertizo y vio una puerta entreabierta a su lado. Subió un par de peldaños, empujó la puerta y contempló sorprendido la habitación.

Porque al parecer no era un simple cobertizo, sino el lugar donde Wallace vivía.

La estufa de la que salía el tubo estaba en un rincón. Era una vieja estufa para cocinar, más pequeña que la anticuada cocina. Encima tenía una cafetera, una sartén y unas parrillas. En una tabla colocada detrás de la estufa se hallaban colgados diversos cacharros de cocina. Frente a la estufa y arrimada a la pared, había una cama cubierta con un grueso edredón a cuadros, que mostraban el complicado dibujo de muchas telas multicolores que hicieran las delicias de las señoras del siglo pasado. En otro ángulo había una mesa y una silla y sobre la mesa, colgada de la pared, una pequeña alacena en la que estaban alineados algunos platos. En la mesa había un quinqué de petróleo, muy golpeado pero con el tubo limpio, como si lo hubiesen lavado y pulido aquella misma mañana.



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