Y allí estaba Enoch Wallace.

Aún empuñaba el mosquetón hecho pedazos y tenía ampollas en las manos. Su cara estaba tiznada de pólvora. Tenía los zapatos cubiertos de polvo y sangre reseca.

Pero aún vivía.

II

El Dr. Erwin Hardwicke hizo rodar el lápiz entre las palmas de las manos. Era una cuestión irritante. Miró al hombre sentado al otro lado de la mesa de su escritorio, con cierta expresión calculadora.

—Lo que no acabo de entender —dijo Hardwicke— es por qué ha acudido usted a nosotros.

—Verá, ustedes son de la Academia Nacional de Ciencias y pensé que…

—Y ustedes son de la CIA.

—Mire, doctor, si le parece mejor, considere esta visita extraoficial. Finjamos que soy un ciudadano intrigado que se dejó caer por aquí para ver si usted podía ayudarme.

—No es que no quiera ayudarle pero no sé cómo podría hacerlo. Todo esto me parece tan nebuloso y tan hipotético…

—¡Pero por Dios hombre! —dijo Claude Lewis—, no puede usted negar las pruebas que tengo… por pequeñas que sean.

—Bien, de acuerdo —repuso Hardwicke—, empecemos de nuevo y examinémoslo punto por punto. Dice usted que tienen a este hombre…

—Se llama Enoch Wallace —continuó Lewis—. Bajo el punto de vista cronológico, tiene ciento veinticuatro años. Nació en una granja de Wisconsin, a pocos kilómetros de la ciudad de Millville, el 22 de abril de 1840, y es hijo único de Jedediah y Amanda. Fue de los primeros en alistarse en respuesta a la llamada de Abraham Lincoln que pedía voluntarios. Se incorporó a la Brigada de Hierro, la cual fue prácticamente liquidada en Gettysburg, en 1863. Pero Wallace consiguió ser destinado a otra unidad de combate y luchó en toda Virginia bajo el mando de Grant. Asistió al fin de la lucha en Appomatox…



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