—Veo que han investigado sus antecedentes.

—He mirado su hoja de servicios. Su solicitud de alistamiento en el Capitolio del Estado, en Madison. El resto de la documentación, entre la que se cuenta su licenciamiento aquí en Washington.

Y dice usted que aparenta unos treinta años.

—Ni un día más. Y quizá menos que eso.

—Pero usted no ha hablado con él.

Lewis meneó negativamente la cabeza.

—Acaso no sea nuestro hombre. Si tuviésemos sus huellas dactilares…

—En tiempo de la Guerra de Secesión —dijo Lewis—, aún no se tomaban huellas dactilares.

—El último veterano de nuestra guerra civil —comentó Hardwicke—, murió hace unos años. Creo que era un tambor de la Confederación. Aquí debe de haber algún error.

Lewis hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—Lo mismo pensaba yo, cuando me destinaron a este caso.

—¿Y cómo fue que lo destinaron a él? ¿Por qué se interesan los servicios de Información en un asunto como éste?

—Reconozco que es algo que se sale un poco de lo corriente —admitió Lewis—. Pero es algo que podría tener consecuencias tan extraordinarias…

—¿Se refiere usted a la inmortalidad?

—Es posible que tal idea cruzara por nuestra mente. Una simple posibilidad de ella. Pero sólo de refilón. Antes tuvimos en consideración otras cosas. Hay algo tan extraño, que merecía una investigación.

—Pero la CIA…

Lewis sonrió.

—Ya sé lo que piensa: ¿por qué no se encargaba de la investigación a un centro científico cualquiera? Supongo que lógicamente así debiera haber sido. Pero uno de nuestros hombres tropezó casualmente con el asunto. Se hallaba de vacaciones. Tenía familia en Wisconsin… y no en aquella región particular, sino a unos cincuenta kilómetros de ella. Oyó un rumor… un rumor muy vago, que apenas pasaba de ser una mención casual. Entonces husmeó un poco por allí. No descubrió mucho, pero sí lo suficiente para hacerle creer que el rumor no se hallaba desprovisto de fundamento.



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