
—Esto es lo que más me intriga —observó Hardwike—. ¿Cómo es posible que un hombre viva ciento veinticuatro años en una localidad sin convertirse en una celebridad de renombre mundial? ¿Se imagina usted el partido que sacarían los periódicos a un notición como éste?
—Me estremezco sólo de pensarlo —repuso Lewis.
—Aún no me ha dicho cómo sería posible.
—Resulta un poco difícil de explicar —contestó Lewis—. Se tiene que conocer la región y sus moradores. El extremo de Wisconsin está limitado por dos ríos, el Mississipi por el oeste, y el Wisconsin por el norte. Entre los ríos se extienden anchurosas y dilatadas praderas, con ricas tierras, prósperas granjas y ciudades. Pero las tierras que descienden hasta el río son fragosas y quebradas; abruptos riscos, altivos peñascos, profundas gargantas y acantilados, entre los que quedan algunas regiones aisladas, a modo de bolsas. Para llegar a ellas, sólo hay malas carreteras y las pequeñas y toscas casas de labor están habitadas por unas gentes que tal vez se hallan más cerca de los pioneros de hace cien años que de la civilización del siglo XX. Tienen automóviles, desde luego, y radios y pronto tendrán hasta televisión. Pero son de espíritu muy conservador y retrógrado… no todos los habitantes, desde luego, y de éstos muy pocos, pero esos pocos se encuentran en esos pequeños grupos aislados.
»Hubo un tiempo en que había muchas granjas en esas bolsas aisladas, pero hoy en día apenas nadie puede vivir en esas míseras explotaciones agrícolas. Las dificultades económicas obligan poco a poco a los habitantes de estas zonas a abandonarlas. Venden sus tierras por lo que les quieren dar por ellas y emigran, principalmente a las ciudades, para poder ganarse la vida.
Hardwicke hizo un gesto de asentimiento.
