—Pero su agente lo hizo.

—Sí, y no me pregunte por qué.

—Sin embargo, no le habían ordenado que investigase el caso.

—Le necesitaban en otra parte. Y además, allí ya era demasiado conocido.

—¿Y usted?

—Me requirió dos años de trabajo.

—Pero ahora ya sabe la verdad.

—No toda. Hay más incógnitas ahora que al principio.

—Usted ha visto a ese hombre.

—Muchas veces —repuso Lewis—. Pero nunca he hablado con él. No creo que ni siquiera me haya visto. Da un paseo todos los días antes de ir a buscar el correo. Tenga usted en cuenta que nunca abandona sus tierras. El cartero le trae las pocas cosas que necesita. Un saco de harina, una libra de tocino, una docena de huevos, cigarros y a veces vino.

—Pero esto debe de ser contrario al reglamento postal.

—Claro que lo es. Pero los carteros lo hacen desde hace años. No hace daño a nadie y así continúa hasta que alguien se queja. Pero en este caso, nadie se quejará. Es probable que los carteros sean los únicos amigos que ha tenido ese hombre.

—Según tengo entendido, el tal Wallace apenas trabaja sus tierras.

—Así es. Tiene un pequeño huerto y en él cultiva algunas verduras. Sus tierras vuelven a ser bravías y salvajes.

—Pero tiene que vivir. Tiene que sacar dinero de alguna parte.

—Y lo saca —dijo Lewis—. Cada cinco o diez años envía un puñado de piedras preciosas a una empresa de Nueva York.

—¿Las obtiene legalmente?

—Si lo que usted quiere saber es si se trata de algo delictivo, le diré que no lo creo. De todos modos, si alguien quisiera denunciarlo por ello, creo que habría una base legal para hacerlo. No al principio, cuando empezó a enviar piedras preciosas, hace muchos años. Pero las leyes cambian y sospecho que tanto él como el comprador burlan varias de ellas.



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