—¿Y eso a usted no le importa?

—Visité a esa empresa —contestó Lewis—, y se pusieron bastante nerviosos. En primer lugar, robaban escandalosamente a Wallace. Yo les dije que siguiesen comprándole, y que si se presentaba alguien a investigar, que me lo enviasen inmediatamente. Por último, les pedí que guardasen silencio sobre el asunto y no cambiasen nada.

—No quiere que nadie pueda asustarlo —comentó Hardwicke.

—Exactamente. Quiero que el cartero siga haciendo de recadero y que la empresa de Nueva York continúe comprándole piedras preciosas. Quiero que todo siga tal como está. Y antes de que usted me pregunte de dónde proceden esas piedras, le diré que lo ignoro.

—Quizá tenga una mina.

—¡Menuda mina sería! Una mina que daría diamantes, rubíes y esmeraldas.

—Yo diría que, incluso a los precios que le pagan, recibe mucho dinero.

Lewis asintió.

—Por lo visto, sólo efectúa envíos de piedras cuando necesita fondos. Vive de una manera muy frugal, a juzgar por la comida que compra, y, por lo tanto, no necesita mucho dinero. Pero está suscrito a numerosos diarios y revistas de información, sin hablar de docenas de publicaciones científicas. También compra muchos libros.

—¿Obras técnicas?

—Algunas de ellas sí, en efecto, pero en su mayoría tratan de los últimos adelantos. Física, química y biología… esas cosas.

—Pero yo no…

—Claro que usted no. Ni yo tampoco. No es hombre de ciencia. O, al menos, no tiene una formación científica. En los días en que fue a la escuela eso no se estilaba… quiero decir que no se daba la educación científica actual. Y además, lo que entonces pudiera haber aprendido, hoy de poco le serviría. Asistió a la escuela de primeras letras —una de esas escuelas rurales de una sola habitación— y sólo un invierno en una academia que existió durante un año o dos en la aldea de Millville. Por si usted no lo sabe, le diré que esa academia era de las mejores que existían a mediados del siglo pasado. En cuanto a él, parece ser que era un joven muy inteligente.



7 из 210