
Hardwicke movió dubitativamente la cabeza.
—Parece algo increíble. ¿Y usted ha comprobado todo esto?
—Lo mejor que he podido. He tenido que hacerlo con mucho cuidado. No quería levantar la liebre. Ah, me olvidaba de una cosa… escribe mucho. Compra esas grandes agendas o diarios, encuadernados en tela, en lotes de una docena. En cuanto a la tinta, la compra a litros.
Hardwicke se levantó de la mesa y empezó a pasear por la habitación.
—Lewis —dijo—, si usted no me hubiese mostrado sus credenciales y yo no hubiese comprobado su autenticidad, me figuraría que todo esto no pasaba de ser una broma de muy mal gusto.
Regresó a la mesa y volvió a sentarse. Tomando el lápiz, se puso a hacerlo rodar de nuevo entre las palmas de las manos.
—Lleva ya dos años estudiando este caso —dijo—. ¿Y no tiene ninguna idea?
—Ninguna en absoluto —repuso Lewis—. Estoy completamente desconcertado. Por eso me encuentro aquí.
—Sígame contando la historia de ese hombre. ¿Qué hizo después de la guerra?
—Su madre murió —dijo Lewis—, mientras él estaba en el ejército. Su padre y los vecinos la enterraron allí, en sus tierras. Esto era frecuente entonces. El joven Wallace consiguió un permiso, pero no llegó a tiempo para asistir al entierro. En aquellos días no se solían embalsamar a los muertos y se viajaba con mucha lentitud. Después volvió a la guerra. Por lo que he podido averiguar, no le dieron otros permisos. Su padre vivió solo, cultivando sus tierras, haciendo su propio pan, sin necesitar a nadie. Parece ser que fue un buen agricultor, excepcional para su época. Estaba suscrito a varias revistas agrícolas y tenía ideas progresistas. Tenía en cuenta, por ejemplo, la rotación de las cosechas y la prevención de la erosión, entre otras cosas. Sus tierras dejaban mucho que desear según las normas modernas, pero sacaba de ellas su sustento e incluso le permitían reunir algunos ahorros.
