
– Hannah me espera. Os la devolveré mañana a última hora de la tarde.
– No le dejes leer los periódicos de la mañana.
– No lo haré.
Hannah se entristecía cuando los periódicos no hablaban bien de los Stars, y la multa que se le había impuesto a Kevin sin duda iba a suscitar polémica.
Molly dijo adiós con la mano, recogió a Hannah, besó a las mellizas y a Andrew y emprendió el camino hacia su casa. La autopista de peaje este-oeste empezaba a saturarse con el tráfico de hora punta, y Molly supo que tardaría algo más de una hora en llegar a Evanston, el pueblo de la costa norte que era tanto la ubicación de su alma máter como de su casa actual.
– ¡Slytherin! -le gritó a un tipo que le cortó el paso.
– ¡Sucio y asqueroso slytherin! -añadió Hannah.
Molly rió para sí. Los slytherins eran los niños malos de los libros de Harry Potter, y Molly había convertido esa palabra en un práctico insulto de nivel G. Le había hecho mucha gracia que Phoebe y más tarde Dan empezasen a utilizarlo. Mientras Hannah comenzaba a explicarle cómo le había ido el día, Molly se encontró recordando su conversación con Phoebe y los años posteriores al cobro de su herencia.
El testamento de Bert le había dejado a Phoebe los Chicago Stars. Lo que quedaba de sus bienes tras una serie de malas inversiones había sido para Molly. Como ella era menor de edad, Phoebe se había hecho cargo del dinero y lo convirtió en quince millones de dólares. Finalmente, a los veintiún años, Molly, ya emancipada y con un flamante título de periodismo, se había hecho con el control de su herencia y había empezado a vivir la gran vida en un apartamento de lujo en la Costa Dorada de Chicago.
El lugar era estéril, y sus vecinos mucho mayores que ella, pero tardó bastante en darse cuenta de que había cometido una equivocación. Hasta entonces se dio el gusto de comprarse la ropa de diseño que más le gustaba y de hacer regalos a todas sus amistades, además de adquirir para ella un coche de los caros. Pero, un año después, tuvo que admitir finalmente que la vida de rica ociosa no estaba hecha para ella. Estaba acostumbrada al esfuerzo, tanto en los estudios como en esos empleos de verano en los que Dan había insistido en que trabajase, así que aceptó un puesto en un periódico.
