Su cuñado le pasó automáticamente un brazo por detrás de los hombros. Cuando Dan estaba con su familia, siempre tenía el brazo detrás de los hombros de alguien. Molly sintió una punzada en el corazón. Con los años había salido con un montón de chicos decentes e incluso había intentado convencerse de que se había enamorado de uno o dos de ellos, pero su enamoramiento se había evaporado en el momento de darse cuenta de que no podrían llenar ni por asomo la gigantesca sombra proyectada por su cuñado. Empezaba a sospechar que nadie lo lograría jamás.

– Phoebe, ya sé que Kevin te cae bien, pero esta vez ha ido demasiado lejos -dijo Dan. Su acento de Alabama, lento y pesado, se volvía más denso cuando se enfadaba, y en ese momento goteaba melaza.

– Eso es lo que dijiste la última vez -replicó Phoebe-. Y a ti también te cae bien.

– ¡No lo comprendo! Jugar con los Stars es la cosa más importante en la vida. ¿Por qué se esfuerza tanto en arruinarlo?

Phoebe sonrió con dulzura y respondió:

– Probablemente tú puedas responder a eso mejor que ningún otro, ya que también fuiste una auténtica ruina hasta que llegué yo.

– Debes de estar confundiéndome con otra persona.

Phoebe se rió, y la mirada colérica de Dan dio paso a esa sonrisa entrañable que Molly había presenciado miles de veces y había envidiado otras tantas. Luego la sonrisa se desvaneció.

– Si no le conociese mejor, diría que le persigue el diablo -dijo entonces Dan.

– Diablos -interpuso Molly-, todos con acento extranjero y grandes tetas.

– Eso es lo que tiene ser jugador de fútbol: no lo olvides jamás -repuso Dan.

Molly no quería oír nada más de Kevin, así que tras darle a Dan un beso rápido en la mejilla, dijo:



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