
– Me encanta este lugar -dijo Hannah con un suspiro mientras Molly abría la puerta de su diminuto loft, ubicado en un segundo piso a unos pocos minutos a pie del centro de Evanston. Molly también suspiró de placer. No había pasado mucho rato fuera, pero siempre se sentía feliz al entrar en su casa.
Todos los pequeños Calebow consideraban el loft de su tía Molly como el lugar más fantástico de la Tierra. El edificio había sido construido en 1910 para un comerciante de Studebaker; luego había servido como bloque de oficinas y, finalmente, antes de ser reformado hacía pocos años, como almacén. El piso tenía ventanas industriales que iban del suelo al techo, tuberías a la vista y paredes antiguas de ladrillos, en las que Molly había colgado algunos de sus dibujos y pinturas. Era el piso más pequeño y más barato del edificio, pero los techos de cuatro metros creaban una sensación de espaciosidad. Cada mes, Molly besaba el sobre que contenía el dinero de la hipoteca antes de echarlo en el buzón. Era un ritual tonto, pero lo hacía de todos modos.
La mayor parte de la gente daba por hecho que Molly poseía una parte de los Stars, y sólo unas pocas de sus amistades más íntimas sabían que había dejado de ser una rica heredera. Molly complementaba sus reducidos ingresos por la venta de los libros de Daphne escribiendo artículos como freelance para una revista de adolescentes llamada Chik. A final de mes no le sobraba demasiado para sus lujos favoritos, ropa de marca y libros de tapa dura, pero no le importaba. Compraba la ropa de segunda mano e iba a la biblioteca.
