
La vida era hermosa. Tal vez no tendría nunca una Gran Historia de Amor como la de Phoebe, pero al menos gozaba de una imaginación maravillosa y de una fantasía activa. No tenía quejas y ciertamente no había ningún motivo para temer que su antiguo desasosiego volviera a asomar por su impredecible cabeza. Su nuevo peinado no significaba más que un poco de coquetería.
Hannah dejó caer su abrigo y se agachó para saludar a Roo, el pequeño caniche gris de Molly, que había trotado hasta la puerta para recibirlas. Tanto Roo como el caniche de los Calebow, Kanga, eran hijos de Pooh, el caniche de Phoebe.
– ¡Qué, pequeñajo!, ¿me has echado de menos? -dijo Molly dejando el correo para darle un beso a Roo en su suave moño gris. Roo correspondió lamiéndole la barbilla, y luego se puso en cuclillas para emitir su mejor gruñido.
– Sí, sí, estamos impresionadas, ¿verdad, Hannah?
Hannah se rió y, mirando a Molly, le preguntó:
– Todavía le gusta fingir que es un perro policía, ¿verdad?
– El perro más duro del cuerpo. Mejor no dañemos su autoestima recordándole que es un caniche.
Hannah abrazó nuevamente a Roo, y luego lo abandonó para dirigirse al estudio de Molly, que ocupaba uno de los extremos de la vivienda.
– ¿Has escrito algún artículo más? Me encantó «Pasión en el baile de fin de curso».
– Pronto -dijo Molly sonriendo.
Para que se adaptasen a las exigencias del mercado, los artículos que escribía para Chik se publicaban casi siempre con títulos sugerentes, aunque su contenido era de lo más insípido. «Pasión en el baile de fin de curso» destacaba las consecuencias del sexo en el asiento de atrás de los coches. «De gatita a tigresa» había sido un artículo sobre cosméticos, y «Las niñas buenas se vuelven salvajes» hablaba de tres chicas de catorce años que salían de acampada.
– ¿Puedo ver tus últimos dibujos?
Molly colgó los abrigos.
