No es que fuera realmente amor lo que sentía por aquel patán. Más bien se trataba de un patético encaprichamiento, cosa que podría ser excusable a los dieciséis años, pero que resultaba ridícula en una mujer de veintisiete años con prácticamente el coeficiente intelectual de un genio.

Vaya genio.

Una ráfaga de aire caliente la envolvió mientras se disponía a cruzar la serie de puertas de cristal que, decoradas con el escudo del equipo, consistente en tres estrellas doradas superpuestas sobre un óvalo azul celeste, conducían al vestíbulo. Molly ya no pasaba en las oficinas de los Chicago Stars tanto tiempo como lo había hecho cuando todavía iba al instituto. Incluso entonces se sentía como una extraña. Era una romántica empedernida, y realmente prefería leer una buena novela o perderse en un museo que ver deportes de contacto. Naturalmente era una acérrima aficionada de los Stars, pero su lealtad era más producto de su entorno familiar que de una inclinación natural. El sudor, la sangre y el choque violento de hombreras eran algo tan extraño para su naturaleza como… bueno… como Kevin Tucker.

– ¡Tía Molly!

– ¡Te estábamos esperando!

– ¡No te imaginarías nunca lo que ha ocurrido!

Molly sonrió mientras sus hermosas sobrinas de once años entraban corriendo en el vestíbulo, con sus rubias melenas al viento.

Tess y Julie parecían versiones en miniatura de su madre, Phoebe, la hermana mayor de Molly. Las niñas eran mellizas idénticas, aunque Tess llevaba unos vaqueros y una camiseta holgada de los Stars, y Julie iba enfundada en unos estrechos pantalones negros y un jersey rosa. Ambas eran atléticas, pero a Julie le encantaba el ballet y Tess triunfaba con los deportes en equipo. Gracias a su naturaleza alegre y optimista, las mellizas Calebow eran muy populares entre sus compañeros de clase; sus padres, en cambio, vivían con el corazón en un puño, ya que ninguna de las dos niñas rechazaba jamás un desafío.



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