
Las niñas se detuvieron de pronto soltando un chillido. Fuera lo que fuera lo que querían contarle a su tía Molly, se les fue de la cabeza en cuanto vieron su pelo.
– ¡Dios mío, es rojo!
– ¡Rojísimo!
– ¡Es genial! ¿Por qué no nos lo habías dicho?
– Fue una especie de impulso -contestó Molly.
– ¡Yo también me teñiré el pelo así! -anunció Julie.
– No es una gran idea -dijo Molly enseguida-. Bueno, ¿qué era eso que ibais a decirme?
– Papá está como loco -declaró Tess con los ojos muy abiertos.
Julie abrió los ojos aún más.
– El tío Ron y él han vuelto a discutir con Kevin. Aunque minutos antes le había dado la espalda para siempre al amor no correspondido, Molly aguzó los oídos.
– ¿Qué ha hecho Kevin? Además de estar a punto de atropellarme, claro.
– ¿Eso ha hecho?
– No importa. Contadme. Julie tomó aire.
– Se fue a Denver a saltar en caída libre antes del partido contra los Broncos.
– Dios mío… -dijo Molly con el corazón encogido.
– ¡Papá acaba de enterarse y le ha multado con diez mil dólares!
– Vaya.
Que Molly supiera, era la primera vez que multaban a Kevin. Las temeridades impropias del quarterback habían empezado antes del inicio de la pretemporada, en julio, cuando se había aventurado a participar en una carrera de motocross para aficionados y había acabado con un esguince de muñeca. Era impropio de él hacer nada que pudiera poner en peligro su rendimiento en el campo, así que todo el mundo se había mostrado comprensivo, especialmente Dan, que consideraba a Kevin un consumado profesional.
La actitud de Dan, sin embargo, había empezado a cambiar cuando le habían llegado rumores de que durante la temporada regular Kevin había estado practicando el parapente en Monument Valley.
