
– La gente tiene que atenerse a las consecuencias de sus actos, cariño, y eso incluye a Kevin.
– ¿Qué crees que hará? -susurró Hannah.
Molly estaba bastante segura de que se consolaría en brazos de alguna modelo con un escaso dominio del inglés y un profuso dominio de las artes eróticas.
– Estoy segura de que estará bien en cuanto se le pase el enfado.
– Tengo miedo de que haga alguna tontería.
Molly apartó delicadamente del rostro de Hannah un mechón de sus cabellos castaños y preguntó:
– ¿Como hacer esquí acuático con parapente el día antes del partido contra los Broncos?
– No debió de pensarlo.
Molly dudó que el minúsculo cerebro de Kevin tuviera la capacidad para pensar en algo que no fuera el fútbol, pero no compartió esa observación con Hannah.
– Tengo que hablar un momento con tu mamá; luego tú y yo podremos irnos.
– Después de Hannah me toca a mí -recordó Andrew tras soltarle finalmente las piernas.
– No lo he olvidado.
Los niños se turnaban para pasar la noche en el pequeño piso que Molly tenía en la costa norte. Normalmente se quedaban con ella los fines de semana y no un martes por la noche, pero los profesores celebraban al día siguiente un día de formación interna y Molly consideró que Hannah necesitaba una atención especial.
– Coge tu mochila. No tardaré.
Molly dejó a los niños atrás y avanzó por un pasillo lleno de fotografías que marcaban la historia de los Chicago Stars. En primer lugar estaba el retrato de su padre, y vio que su hermana había repasado los cuernos negros que le había pintado hacía años sobre la cabeza. Bert Somerville, el fundador de los Chicago Stars, llevaba años muerto, pero su crueldad todavía sobrevivía en los recuerdos de sus dos hijas.
A continuación venía un retrato formal de Phoebe Somerville Calebow, actual propietaria de los Stars, y luego una fotografía de su marido, Dan Calebow, en sus tiempos de primer entrenador, mucho antes de convertirse en el presidente del equipo. Molly le dedicó una sonrisa afectuosa a su temperamental cuñado. Dan y Phoebe la habían criado desde que tenía quince años, e incluso en su peor momento habían sido mejores padres que Bert Somerville en su día más afortunado.
