– ¡Dos veces!

– Santo cielo… -dijo Molly, reprimiendo una sonrisa. Los niños Calebow pasaban tanto tiempo en las oficinas de un equipo de la NFL, la Liga Nacional de Fútbol, que, aunque las normas de la familia eran claras, acababan escuchando más obscenidades de la cuenta. Un lenguaje inadecuado en el hogar de los Calebow conllevaba multas muy severas, aunque no tanto como los diez mil dólares de Kevin.

Molly no podía entenderlo. Una de las cosas que más detestaba de su encaprichamiento -su ex encaprichamiento- por Kevin era el hecho de que se tratara de Kevin, el hombre más superficial del planeta. Lo único que le importaba era el fútbol. El fútbol y una interminable retahíla de modelos internacionales de rostro inexpresivo. ¿Dónde las conocía? ¿En la web sin personalidad.com?

– Hola, tía Molly.

Al contrario que sus hermanos, Hannah, de ocho años, se acercó a Molly pausadamente, sin correr. Aunque Molly amaba a los cuatro niños por igual, había en su corazón un lugar especial para esa vulnerable hija mediana que no tenía ni la capacidad atlética de sus hermanas ni su infinita autoestima. Al contrario, era una romántica soñadora, una devoradora de libros excesivamente sensible e imaginativa, con un gran talento para el dibujo, igual que su tía.

– Me gusta tu peinado.

– Gracias.

Sus perspicaces ojos grises observaron lo que sus hermanas no habían notado: las manchas de barro en los pantalones de Molly.

– ¿Qué te ha pasado?

– He resbalado en el aparcamiento. Nada grave. Hannah se mordisqueó el labio inferior.

– ¿Ya te han contado lo de la discusión entre Kevin y papá?

Se la veía triste, y Molly podía imaginarse muy bien por qué. Kevin visitaba la casa de los Calebow de vez en cuando, y, como su atolondrada tía, la niña de ocho años se había encaprichado con él. Pero, a diferencia de Molly, el amor que sentía Hanna era puro.

Como Andrew seguía abrazado a sus rodillas, Molly le tendió un brazo a su sobrina, y Hannah se apresuró a acurrucarse junto a ella.



6 из 384