
Era la primera semana de diciembre, y parte del personal había empezado a colocar los adornos navideños. En la puerta de su despacho, Phoebe había colgado un dibujo que Molly había hecho de pequeña: era Santa Claus vestido con el uniforme de los Stars. Molly asomó la cabeza por la puerta.
– Ya está aquí la tía Molly.
Los brazaletes de oro retintinearon cuando su despampanante y rubia hermana mayor dejó caer el bolígrafo.
– Gracias a Dios. Un poco de cordura, eso es justamente lo que nece… ¡Cielo santo! ¿Qué te has hecho en el pelo?
Phoebe, con su sedoso cabello rubio claro, sus ojos ámbar y un tipazo de muerte, tenía el mismo aspecto que hubiera tenido Marilyn Monroe si hubiera llegado a los cuarenta, aunque a Molly le costaba imaginarse a Marilyn con una mancha de mermelada de uva en la blusa de seda. Hiciera lo que hiciera, Molly no sería nunca tan guapa como su hermana, aunque no le importaba. Poca gente sabía los malos ratos que aquel cuerpo exuberante y su belleza de vampiresa le habían hecho pasar a Phoebe de más joven.
– No, Molly… otra vez no.
Al ver la consternación en la mirada de su hermana, Molly lamentó no haberse puesto un sombrero.
– Tranquilízate, ¿quieres? No va a pasar nada.
– ¿Cómo voy a tranquilizarme? Cada vez que te haces algo drástico en el pelo, tenemos otro incidente.
– Ya hace tiempo que dejé atrás los incidentes -suspiró Molly-. Esto ha sido simplemente cosmético.
– No te creo. Estás a punto de cometer otra locura, ¿verdad?
– ¡No! -respondió Molly, pensando que si lo repetía frecuentemente tal vez lograría convencerse a sí misma.
– Sólo tenías diez años -murmuró Phoebe entre dientes-. Eras la niña más brillante y modosita del internado. Entonces, sin saberse por qué, te cortaste el flequillo y tiraste una bomba fétida en el comedor.
